Esa mañana te vi y te perdí, Susana Graciela. A penas unos minutos estuviste en mi pecho y solo pude observarte, ni siquiera pude tocarte. Me aferré a las sábanas de mi cama, inconsciente, sedada, sin saber lo que pasaría al otro día. Mis ojos se llenan de lágrimas al recordar cuando una mujer me dijo que habías muerto. Hoy lo único que me queda es el recuerdo de tu delicado rostro, que me ha dado las fuerzas para iniciar la búsqueda, sin miedo y con esperanza.

 

¿Qué le diría su hijo (a) si tuvieran contacto?